Siempre me han interesado las pequeñas cosas. Creo que son las más proclives a perderse. A las antigüedades importantes las vamos a encontrar protegidas en museos y colecciones particulares, pero a estos objetos cotidianos de antaño nos resultará difícil volver a verlos. En mi acumulación de tantos años reservé un espacio para ellas y las compartiré con los visitantes de mi blog. Hay algunas que formaron parte de luminarias, artefactos, puertas, muebles, etc. y de las cuales me es difícil encontrar referencias. Estaría encantada si alguno de ustedes me ayudara a saber su finalidad. El poder darles el lugar correcto o reciclarlas en dentro de nuevas formas me parece un interesante proyecto de conservación.
Shinto
Jorge Luis Borges
Cuando nos anonada la desdicha,
durante un segundo nos salvan
las aventuras ínfimas
de la atención o de la memoria:
el sabor de una fruta, el sabor del agua,
esa cara que un sueño nos devuelve,
los primeros jazmines de noviembre,
el anhelo infinito de la brújula,
un libro que creíamos perdido,
el pulso de un hexámetro,
la breve llave que nos abre una casa,
el olor de una biblioteca o del sándalo,
el nombre antiguo de una calle,
los colores de un mapa,
una etimología imprevista,
la lisura de la uña limada,
la fecha que buscábamos,
contar las doce campanadas oscuras,
un brusco dolor físico.
Ocho millones son las divinidades del Shinto *
que viajan por la tierra, secretas.
Esos modestos númenes nos tocan,
nos tocan y nos dejan.



